ANDR...

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sábado, 6 de agosto de 2011

Estando aquí susurrando con mi conciencia tratando de disipar luchas existenciales y apenas sonriendo, veo como la brisa suave coquetea con los árboles. Pasa un anciano, con su caminata lenta y mansa, abatido por el paso de los años (quizás), me sumerjo en su mente y puedo ver que el desconsuelo germina en él como un pájaro que agoniza. El estar ahí moviliza toda mi existencia, como un pez en el agua, recorro todo el cuerpo.
El viejo sufre en silencio y lentamente en su marcha hacia el infinito, de repente llora. Pide a gritos (sin poder ser escuchados) que ella vuelva, o siquiera, él poder marcharse.
…y yo sin poder reanimarlo ¡Quiero salir! Esto supera mis intenciones, doy vueltas, y más vueltas y voy perdiendo mis esperanzas. Me duermo. El hastío me persigue. Ya pasadas las horas, me doy cuenta que estoy en mi cuarto recostada, y sola, reflexiono: que lo placentero, es como un relámpago en una tormenta, aparece siempre y cuando hayamos tenido períodos de esfuerzo, altruismos; y qué necesario son algunos especímenes humanos.

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